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Se deshacen en la
boca, dejan un sabor dulzón en el paladar y una agradable
sensación pegajosa en los dedos que invita a hacer realidad aquella
expresión de "chuparse los desdos". Hay muchas variantes
como en cualquier plato tradicional, admiten ser decorados de muchas
formas y se le pueden añadir colorantes para hacerlos atractivos,
hilarles siropes por encima, ponerles en la mezcla virutas de
chocolate o anisillos, etc. Vi incluso una vez en internet la imagen
de unos merengues de halloween a los que les habían puesto unos
hojillos con bolitas de chocolate, y quedaban unos atractivos
fantasmitas. Como siempre, la imaginación a cocinar, y es un postre
o entretenimiento nutritivo y delicioso para los niños.
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Preparación:
Vamos a emplear,
porque no se desmonta fácilmente, el llamado método italiano para
hacer el merengue.
En un bol se ponen las claras, añadiéndoles unas gotas de zumo de
limón. Se empieza a batir muy despacio y cuando ya se ha formado una
espuma blanca, se incorpora una cucharada de azúcar y se sigue
batiendo hasta que queden montadas las claras a punto de merengue.
Con el agua y el azúcar restantes se hace un jarabe, a punto de bola
floja. Se va echando sobre las claras hasta que esté perfectamente
incorporado y homogéneo. En este punto se pueden añadir pequeñas
cantidades del colorante si así lo deseamos, o las virutas, etc. Lo
clásico, claro, es no poner nada y dejarles su color blanco.
Se pone en una manga pastelera con una boquilla rizada ancha, y sobre
un papel blanco, grueso y húmedo, se van formando los merengues.
Se espolvorean con azúcar glass y se meten a horno suave (120º)
durante media hora. Recordad que cada horno es un mundo y debereis
probar con cuidado las primeras veces para cogerle el punto.
Para adultos se suelen hacer pequeñitos en forma de bocaditos, y yo
les he visto añadir infinidad de cosas en el merengue, como café
instantáneo, cacao en polvo, vainilla en polvo, etc... y rociarlos o
hilarlos por encima con siropes licorizados, miel, chocolate fundido,
etc.
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