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Durante
siglos Valencia careció de un puerto de mar en condiciones. Su costa
baja y arenosa no ofrecía protección adecuada a los barcos y las
corrientes y tormentas marinas aterraban cuando no destruían los
sucesivos embarcaderos que se construyeron.
Tras varios proyectos fallidos, como el
que ejecutara en 1676 Tomás Güelda, se puso en marcha un ambicioso
plan para la construcción de un puerto moderno que comenzó a ser
realidad en la segunda mitad del siglo XIX, a partir del diseño de
Subercase.
La dársena interior del puerto muestra
una serie de construcciones y artilugios de indudable encanto,
testimonio muchos de ellos de actividades pasadas. Es el caso de los
tinglados para almacenaje de mercancías, construidos hacia 1910 y en
los que destaca la decoración modernista alusiva al comercio y la
navegación y los mosaicos cerámicos de temática valenciana. Quedan
en pie todavía alguna de las grandes grúas, testimonio de una época
en la que las mercancías eran izadas en sacas, cajas o barriles hasta
las bodegas de los cargueros, antes de que aparecieran los
contenedores modernos.
Son muchos los edificios destacables,
como los Docks comerciales, proyectados por Demetrio Ribes hacia 1911,
o el edificio de Aduanas, obra de Enrique Viedma de 1930. Pero
probablemente el más singular sea la estación marítima, con su
torre del reloj, de clara inspiración francesa, diseñada junto con
la Escalera Real -hoy desaparecida- para servir de grandiosa entrada
marítima de la ciudad.
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