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A
finales del siglo XVIII, las tres cuartas partes del territorio
valenciano eran de señorío, y más de su mitad correspondían a la
nobleza. Esta situación originó la existencia de numerosos y espléndidos
palacios en la ciudad de Valencia, constituidos, principalmente, entre
los siglos XV a XVIII. Uno de los más fastuosos, y, sin duda, hoy el
más famoso de ellos, es la antigua mansión de los marqueses de Dos
Aguas. Este linaje, en principio el de los Rabassa de Perellós, tuvo
origen en unos generosos que, enriquecidos extraordinariamente en el
comercio y con el arrendamiento de los tributos de la Generalidad
Valenciana, adquirieron la Baronía de Dos Aguas y recibieron, en
1699, el título de marqueses de igual denominación; después, una
afortunada política de enlaces matrimoniales y la hábil gestión de
su patrimonio, les convirtió en una de las primeras casas de la
nobleza valenciana, añadiendo al marquesado dos condados, otros
tantos vizcondados y diez baronías, 48 señoríos en total.
Antes que mediase el siglo XVIII, en
1740, el marqués decidió rehacer su palacio, para que reflejase
adecuadamente la riqueza y fasto de su Casa. Para ello, sin escatimar
gasto, contando con los mejores arquitectos y la especial colaboración
del grabador y pintor Hipólito Rovira, edificó un suntuoso edificio,
auténtico prototipo del palacio barroco valenciano y español. La
prestancia de sus grandes fachadas, su bellísima portada alabrastina,
centrada por la hornacina de la Virgen del Rosario, patrona del
marquesado, y con la alegoría de dos gigantes que representan las dos
corrientes de agua o ríos que dan nombre a aquél; así como la
grandeza de sus salones y estancias, hacen de la vasta construcción
un conjunto de singular belleza y elegancia, que, además, alberga en
la actualidad el Museo Nacional de Cerámica. Se trata, pues, de una
visita obligada.
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