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Francisco
Ribalta. Nació en Solsona, (Lérida) el 2 de junio de 1565 . Pasó
su niñez y su juventud en Barcelona, donde su padre trabajaba
como sastre, y su hermano mayor, como sombrerero. No consta que
comenzara los estudios artísticos en esta época, sino a raíz de
su traslado a Madrid, en 1581, cuando a la muerte de sus padres
vendió algunas posesiones y dispuso de cierto capital. Según el
pintor e historiador Acislo Antonio Palomino visitó brevemente
Italia, donde entraría en contacto con la escuela de Caravaggio.
En Madrid, se movió en el círculo de El Escorial a la vista de
obras y artistas españoles e italianos que allí trabajaron,
captando las novedades más significativas de su arte.
Antes de que se cumpliera su primer año de estancia en Madrid, ya
había pintado su primera obra, Preparativos de la crucifixión
(1582), de clara impronta veneciana,y que se conserva en el Museo
Hermitage de San Petersburgo.
También por esos años contrajo matrimonio y nacieron sus hijos,
dos niñas y un varón, Juan, que así mismo fue pintor
excelentemente dotado y criado en un taller en el cual el
conocimiento del oficio era tan profundo, fue, desde su primera
juventud, discípulo y colaborador de su padre.
En Madrid, conoció a Lope de Vega, de quien pintó un retrato, y
a través de él se enteró de que el arzobispo Ribera buscaba
artistas para varios encargos, y ello le indujo a desplazarse en
febrero de 1599 a Valencia, de donde ya no se movió hasta su
muerte en 1628. Al poco de llegar a Valencia quedó viudo y ya no
se volvería a casar.
Entre 1603 y 1606 vivió en Algemesí, donde realizó varios
retablos para su iglesia, entre ellos el mayor. Desde allí fue
llamado por el arzobispo Ribera que realizaba entonces su fundación
del Colegio de Corpus Christi, conocido en Valencia por El
Patriarca, al cual se ha llamado «El Escorial valenciano», y
ofrecía a un gran pintor, como ya lo era el catalán, trabajo
abundante, prestigioso y bien pagado,
para realizar en su capilla el Retablo de san Vicente
Ferrer (1605) y el gran cuadro de La Cena del retablo
mayor (1606).
El estilo de sus años de madurez estaba marcado por un fuerte
realismo y un gran interés en el uso de la luz y la sombra para
subrayar los volúmenes; con los años, la austeridad en el color
y el énfasis en la plasticidad de la composición fueron
incrementándose.
A partir de 1610, coincidiendo con la expulsión de los moriscos
(1609) y la muerte del patriarca Ribera (1611), su arte tomó un
sesgo intimista y profundo, muy acorde con el talante más piadoso
de la Contrarreforma, inspirándose en la gravedad solemne de
ciertos modelos de Sebastiano del Piombo que conoció en la propia
Valencia, los cuales supo compaginar con un lenguaje naturalista y
directo para el que se mostró especialmente dotado.
Luego, en compañía de Abdón Castañeda, este equipo ribaltiano
operó hacia 1620 por Segorbe (Castellón), Jérica (Castellón) y
Andilla (Valencia). Al parecer, Francisco Ribalta, sintiéndose
enfermo en 1618, habría quedado en Valencia.
En ese tiempo su producción decreció, pero se tornó más
intensa y emotiva adentrándose en un naturalismo profundo de
conmovedora fuerza según revela su gran cuadro Abrazo de san
Francisco al Crucificado, pintado para los capuchinos de
Valencia hacia 1622.
El uso de la luz de Ribalta influyó indirectamente a numerosos
pintores españoles, entre ellos Zurbarán; además, contó con
una destacada escuela de discípulos directos, que incluyeron a su
hijo Juan Ribalta y a Vicente Castelló.
Después de 1625, el equipo ribaltiano volvió a reunirse en
Valencia con el viejo maestro para realizar el gran retablo de la
cartuja de Portaceli, donde aflora la mano de Francisco Ribalta,
de Juan Ribalta y de Vicente Castelló en un conjunto de calidad
notable que en algunas partes parece que quedó sin concluir.
En 1628 moría Francisco Ribalta el 13 de enero en Valencia y
pocos meses después, el 9 de octubre del mismo año, también moría
su hijo Juan, dejando trazadas en la pintura valenciana pautas que
perdurarían durante mucho tiempo condicionando los designios del
estilo barroco.
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