|
Las últimas semanas del verano y primeras del otoño marcan en
valencia las fechas de un rito ancestral, hacer el Codonyat.
Se pelan,
y se cortan en cuartos los membrillos, quitando el corazón, y se
ponen a cocer en agua sin nada más. Calientes todavía, una vez
cocidos y escurridos, se pasan por un tamiz fino o un pasapuré, para
conseguir una masa suave, pastosa, fina y homogénea.
En un caldero, preferentemente de cobre, se pone el mismo
peso de azucar que tengamos en pasta de membrillo, junto con un poco
de agua, la justa para ir calentando y removiendo hasta conseguir un
almibar espeso y cristalino, de color claro, que conseguiremos si no
dejamos nunca que llegue a hervir y no dejamos de remover.
Cuando tengamos el almibar, comenzamos a añadir poco a
poco y sin parar de remover, toda la masa de membrillo, hasta hacerlo
completamente homogéneo, sin dejar cocer mucho y que jamas se acerque
al hervor, para que conserve el color dorado del verdadero codonyat, y
no se nos vuelva rojizo u oscuro.
Una vez hecho, el rito mandaba ponerlo en platos hondos
de cerámica, o en tazones semiesféricos sin asas, tan caseros ambos,
y cuando se secaba, por encima se hacía una pequeña costra azucarada
que lo mantenía tierno por dentro.
Si lo colocamos en un lugar fresco y seco, dura casi todo
el año, y se va endureciendo muy lentamente. Si a veces se forma una
fina capita de moho sobre él, no importa, pues se le lava con un
trapo húmedo, y jamás se hecha a perder ni se altera su sabor..
Cualquier comparación con el codonyat industrial, es
improcedente
|