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Los primeros asentamientos en el municipio de
Barracas nos remiten a un hallazgo aislado de un
hacha de piedra pulida en la zona de Los Prados
cuyo periodo se ha establecido entre el
Neolítico y la Edad de Bronce. Si bien, los
yacimientos ibéricos se localizan en el cerro de
La Moneda en la partida de la judía, en el Monte
Limbo cerca del linde con Pina de Montalgrao o
en La Hoya Huguet donde se encontró el poblado
ibérico de El Castellar. Entre los restos
arqueológicos de este lugar cabe destacar la
cerámica del periodo romano cuya cronología se puede fijar entre los
siglos III y II antes de Cristo, así como una
serie de torres defensivas.
La
romanización también dejó sus huellas en la
partida de El Campo, zona de significativo
interés donde han aparecido fragmentos cerámicos
o tégulas y calzadas que confluían en el
altiplano.
Ya durante la
reconquista cristiana, Barracas estuvo incluida
dentro del señorío que donó en 1269 el Rey Jaime
I a los hijos nacidos de su relación con Teresa
Gil de Vidaure, la villa de Jérica y su término
el cual incluía a Barracas. La población se
transmitió por línea sucesoria hasta Pedro de
Jérica, que se alzó contra el rey Pedro “El
Ceremonioso” y cuyas disputas originaron la
quema de casas y alquerías de de la población.
También
llamada San Pedro de Bellmont o Barracas de las
Reales, algunos historiadores datan la fundación
de la población en 1364.
El municipio
pasó a la propiedad del infante y después Rey
Martín “El Humano” y entró en el siglo XV como
garantía de un préstamo que su majestad realizó
junto con la totalidad del Señorío de Jérica. Ya
en 1405 el rey incorpora la villa de Jérica,
Pina de Montalgrao, Las Barracas y Liria al
patrimonio real. Pero la pertenencia de las
tierras al realengo sólo duró unas décadas a
causa de la venta en 1431 que realiza don Juan
de Navarra a Francisco Zarzuela, justicia y
tesorero de Aragón que retiene para sus
sucesores. En 1472 y ante los abusos del tercer
Francisco Zarzuela, parte de los habitantes de
Pina y Barracas huyen cansados del dominio de
esta dinastía.
Durante las
décadas posteriores la lucha por los derechos se
suceden y los herederos de los Zarzuela realizan
la venta en 1518 de la población al Conde de
Aranda en una partida que incluía a Jérica,
Pina, Viver, y El Toro la cual enajenó al duque
de Calabria, Fernando de Aragón que muere en
1550. El testamento del duque determinó que
Barracas se cedía a los monjes jerónimos de San Miguel de los Reyes. La oposición
de los vecinos al igual que los habitantes de
Pina de Montalgrao no cesó hasta la intervención
del jericano Mossen Vayo el cual obtuvo la
sentencia del Sacro Supremo Regio Consejo de
Aragón en 1564 en el cual se declaraba a la
villa de Jérica, Pina y Barracas del patrimonio
real y por tanto pueblos libres adoptando el
fuero de Valencia.
En
1707, Felipe V emitió una Real Célula donando al
mariscal James Stuart Fitz, duque de Berwik por
su participación en la batalla de Almansa, del
ducado de Liria y Jérica donde quedaban
incluidas las poblaciones de Pina, Barracas,
Jérica e Higueras.
No es hasta
1842 cuando se empieza a acotar un término
propio que culminaría años después. El deslinde
de Barracas fue resuelto en 1845 demarcando el
término con unas 4.063 hectáreas a propuesta del
ingeniero José Moros que realizó sus mediciones
tres años antes. En 1878 los ayuntamientos de
Barracas y Pina acuerdan un convenio con tal de
finalizar los litigios asimismo con El Toro.
Barracas fue
emplazamiento estratégico en el camino real
entre Aragón y Valencia y lugar de paso de
tropas durante las guerras carlistas del siglo
XIX. En 1899 se inauguró el tramo de ferrocarril
Valencia-Calatayud derribándose la antigua
ermita de San Roque e instalando otra nueva más
alejada del casco urbano. En 1913 llega la luz
eléctrica al municipio a la vez que a las
poblaciones lindantes y al poco tiempo la
localidad va tomando importancia como punto de
referencia y servicios en el altiplano entre las
dos provincias instalándose dos posadas, una
fonda, estafeta de correos y comercios de
alimentación.
Durante la
guerra civil se destruyeron muchas imágenes
religiosas, archivos y patrimonio cultural. Fue
bombardeado el ayuntamiento, la casa del párroco
y algunas casas distinguidas. En los años
posteriores a la contienda los habitantes
destacaron por la notable elaboración de carbón
vegetal –carboneras- y su venta en las grandes
capitales que junto a las explotaciones
agrico-ganaderas hizo que la población
resurgiera.
Hoy en día la
localidad es un importante centro de servicios
de los páramos del norte del Alto Palancia tanto
para el sector del transporte logístico como
para el turismo de montaña. Entre sus
establecimientos destacan las carnicerías,
hornos tradicionales, estaciones de servicio,
talleres, restaurantes y hostales así como
comercios de ropa deportiva o invernal.
*(Colaboración del escritor e historiador Rafael
Tudón Presas)
Rafael Tudón Presas
(Barcelona, 1967). Es escritor e investigador
especializado en el contexto histórico-social de
las tierras de Castellón y Aragón. Ha publicado
sus monografías en publicaciones periódicas.
Posee reportajes en revistas de turismo,
colaboraciones en prensa, en varias páginas web
y opúsculos en ediciones locales con ocasión de
festividades. En el año 2000 publicó "La villa
de El Toro. Buscando su pasado" (Diputación de
Castellón). Es miembro del Instituto de Cultura
del Alto Palancia (ICAP), así como de otras
asociaciones culturales. Se le reconocen
estudios de asesoramiento o memorias y ha
participado con instituciones oficiales en favor
del conocimiento del patrimonio artístico;
Federación Valenciana de Municipios y Provincias
(Guía Virtual), Patronato de Turismo-Costa
Azahar, Guía Campsa. Desde el 2003 su actividad
literaria ha incluido la narrativa obteniendo
varios galardones.
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